Y encima se trataba de prototipos exploratorios (ya ven: nada de refinamiento) que se resistían a ser eliminados, casi siempre a ser tirados, y bastantes veces a las esposas. Así que cada vez repetía los mismos errores (y reconozco que buena parte del problema se debió a mi embrutecimiento respecto de un tipo concreto de interfaces, esa parte sensible con la que uno quisiera interactuar). Pues ¿cómo iba a establecer mis especificaciones vitales si no exploraba los componentes del sistema? No había en mi mente por aquél entonces nada formal. En realidad algunos prototipos despechados (no se ajustaban a mis requerimientos) llegaron a decir que, simplemente, no había nada. Y es que aquéllos tiempos no eran de compromiso, así que uno tendía a huir de la construcción de arquitecturas o asunción de bibliotecas extensibles. Pero retrocedamos más: a la pubertad, esa etapa en la que, entre pasmos y afirmaciones, descubrimos que tocar cosas con los dedos nos excita. Todo había de ser movimiento, y de aquí el petting y la masturbación: es decir, el roce con las curvas hardware, el tecleado compulsivo y la pulsación de botones. El acné inundaba los programas provistos, por otro lado, de gruesa energía y candor. Esto es: el pus anidaba bajo una estructura turgente. Claro que poco después, ya en la adolescencia, uno empezaba a flirtear con los modelos de componentes, a la vez que abrazaba (mayormente en sueños) la idea de interoperabilidad universal: dos o más elementos invocándose recíprocamente, en distintas posiciones. Pero aquello nunca llegó realmente a funcionar, y yo me di en pensar que el problema de fondo era precisamente el de la superficie: el interfaz. El consuelo llegaba, naturalmente, de pensar en que lo importante eran la capa lógica y los aspectos de calidad. Y en estas llegó la juventud y la promiscuidad inconsciente: relaciones de uso, groupware, el apercibimiento de los peligros de la herencia, relaciones continente-contenido, esquemas cliente-servidor, etc. Oh, aquí aprendí que lo importante no era que un programa funcionara: que no había que precipitarse; que habría que solazarse en los preparativos; que las "burbujas" podían encontrar su sitio. Y entonces llegaron los objetos: nada de esquemas secuenciales, sino más bien la disponibilidad de servicios procurados por objetos mediante la programación orientada-a-contratos: o sea, dispendio dinerario impresionante. Así que, un tanto cansado y al borde de la ruina, te autosujetas a un lenguaje de programación, a una herramienta: a una relación de pareja de hecho. Pero el tiempo pasaba y las cesiones únicamente se daban de mi lado, aparte que ella ya no se cuidaba como antes (los liftings no servían de mucho) y cada vez me reclamaba más recursos. El divorcio era la única solución legal evidente. Así que entonces, sorteando abandonos y rechazos, entré en un ciclo de divorcios (de vida, quizás) en espiral, oportunista e iterativo, con un peso importantísimo en la fase de mantenimiento. De esta forma llegué solitario a la madurez y empecé a calibrar cuán bueno hubiera sido el establecimiento de procedimientos de aseguramiento de la calidad, y como la seguridad cruzada hubiera impedido el chancro. Los estándares empezaron a interesarme, y ya no estaba tan seguro de que yo solo pudiera manejar una herramienta, esa herramienta o mi herramienta. Pero he aquí que aparece Java y le digo, repitiendo a Sacha Guitry, "He tenido varias esposas, pero tú serás mi viuda". Lo cierto, con todo, es que no pude seguir su ritmo trepidante, así que sólo me he podido permitir mirar cómo otros (preferiblemente bien dotados) hacían el trabajo. Y ahora, en plena senectud, lo que necesito son... ¡gafas! Alicante, 13 de noviembre de 1997 |
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