Pero los minutos cuentan y rápidamente empiezan los despropósitos: así, mientras intento asimilar que “los lenguajes de programación no son lenguajes, y de programación nada”, oigo desbarrar que “los sistemas operativos no existen”.Y es entonces cuando mi emoción entra en estado de animación suspendida, mantenida únicamente por el decoro y la verguenza. Entonces el orador proclama “¡Interrúmpanme sin pensarlo!” y yo me pregunto ¿Qué demonios habrá querido decir? ¿Nos estará insultando? Ea, es cierto empero que se observa un algo, un aura especial, en el conferenciante, pero es tan sólo el halo coloreado y atrayente bien de su vacuidad injustificable bien de su estupidez dolosa, tamizado por lo que yo llamo el efecto Carnegie, que consiste en una adicción patólogica a expresar seguridad, mayormente mediante salvajes apretones de manos, pero también con un lenguaje soezmente paternalista. Entonces oigo deslizarse el jucio “Los entornos de desarrollo no son entornos” y la tensión arterial me sube tres puntos. Encima, al revolverme en la silla me percato que casi todos los asistentes están tomando notas. Pero la actividad anotadora se intensifica sobremanera cuando el orador se dirige a una esquina y dibuja un círculo que luego tacha con un aspa. Y en ese momento yo dudo si dirá “Los círculos no son círculos” o “Los círculos no existen”. Pero vaya, no. “Es una metáfora”, exclama; “es un paradigma” matiza; “es una nueva forma de entender ... -¡el círculo!, pienso yo- ... los sistemas de información”. ¡Demonios! La catarsis es general: a la señorita de mi derecha le resbala por la mejilla una lágrima de admiración, y algunas personas sensibles hacen amago de desmayarse. Al fin cesan los murmullos y el santón sonríe comprensivo. “Sigamos”, amenaza. Se enciende un retroproyector y las luces se apagan en medida insuficiente para ver con nitidez la diapositiva pero suficiente para impedirte tomar notas o leer el programa. Entonces descubres que una voz en off va leyendo las escasas y enormes líneas de las transparencias, de las que te han entregado copias al principio del acto para así atacar tu inteligencia por tres frentes distintos. “Las bases de datos no existen” oigo reverberar a lo lejos, y noto que estoy al borde de la angina de pecho. ¡Diantre! Repentinamente las luces restallan de nuevo y resuena la temida frase “¿Alguna pregunta? Este es un momento peligroso, porque la aparente inaccesibilidad de ciertos conferenciantes se debe a que el aura de estupidez que les envuelve se solidifica y, claro, cualquier pregunta no-trivial rebota. Con todo un resuelto, incauto e imprudente colega, justo delante de mí, se apresura a inquirir: ¿Qué opina de la Tecnología de Objetos? El orador sonríe, paternal, sisea con la cabeza y empieza: “La Tecnología de Objetos ... -¡no existe!, mascullo, pero me equivoco porque el orador sigue con pausas efectistas- ... está actualmente superada, ... resulta inmadura, ... está en estado incipiente y, además, ... ¡no existe!”. Una señora de la primera fila cae fulminada por un derrame cerebral mientras que mi caja torácica se dispone a explotar. Todos los sentidos me fallan y ya sólo alcanzo a oír la segura voz del conferenciante diciendo: “Y con esto doy por terminada la conferencia titulada Alicante, 03 de octubre de 1.995 |
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